Este abrumador volumen se ha llevado en los últimos días el premio Francisco Umbral al mejor libro del año. Como indican sus autores, ese periodo, el de la primavera trágica de 1936, había sido tratado sólo desde la propaganda desde los dos bandos. Tal como sucede hoy, con la sociedad española dividida entre los fascistas que no lo son sino a través de la atroz opinión de sus opuestos, y antifascistas así motejados a sí mismos con orgullo y no poca ignorancia y con ademanes y procedimientos bien parecidos a los del fascismo. Ir a las fuentes primarias, sean informes policiales o artículos de prensa, es lo que aporta singularidad a esta crónica de los hechos expuesta con ejemplar claridad por del Rey y Álvarez Tardío.
El afán por huir de la manipulación es ejemplar e incluso escalofriante. En la introducción, prometen tratar los hechos, en cuanto anteriores al estallido de la guerra, como si ésta no hubiera existido. Los condicionantes, las anteojeras, de historiadores como Ángel Viñas o Paul Preston (por citar dos destacadamente adscritos a una óptica) o Pío Moa (en el otro lado), no se aplican aquí. Se cuentan hechos entre el 16 de febrero de 1936 y el 17 de julio del mismo año. Tal cual.
Que la prensa de entonces hablaba a menudo de "fascistas" de forma genérica, calificando a los jóvenes del partido de Gil-Robles o incluso a los de Acción Católica o a los afiliados a los sindicatos católicos con esta expresión debe servirnos para reflexionar desde nuestros tiempos idiotas. Más adelante, señalando la facilidad del uso del nombre de fascista por parte de los comunistas, se señala: Por consiguiente, a lo que tenía que dedicarse el Gobierno en cuerpo y alma era a "disolver las organizaciones fascistas delo crimen", reclamaba el portavoz del Partido Comunista el día del entierro de Gisbert. Lo de organizaciones y fascistas en plural no era una casualidad. Porque no se pedía la disolución de Falange, sino que «fascista» era todo lo que estaba a la derecha del Frente Popular. Mencionaban expresamente tres «organizaciones fascistas»: «Falange Española, Jap, Requetés Tradicionalistas». Así, para los comunistas, los jóvenes del principal partido de la derecha católica, los japistas, e incluso cualquier otra organización de «este jaez», entraban dentro del pistolerismo «reaccionario». Y como los «cuerpos represivos» y los jueces no estaban actuando implacablemente contra aquellos, no cabía otra que «crear fuerzas populares armadas». Porque «las clases populares tienen un grave enemigo en la fuerza pública». Pero esta ceguera no se limitaba al comunismo, sino que irradiaba también desde el PSOE de Largo Caballero, ya que para el caballerismo, fascismo quería decir toda la derecha e incluso los republicanos conservadores y centristas.
Con este clima crispado, Calvo Sotelo, describió el gobierno de Casares Quiroga en estos términos: en el orden económico, depauperación; en el orden espiritual, odio; en el orden moral, indisciplina; en el orden político, esterilidad; en el orden nacional, disgregación. No es la España de hoy. Pero casi. O más adelante: La descalificación de los jueces y la exigencia de depuraciones no fue cosa exclusiva de los portavoces más radicales del Partido Socialista. ¿Les suena?
Sigamos. Aunque sin dedicarle demasiado espacio, y sin querer presumir de ello, los autores aportan en un apéndice titulado Los números de la violencia la cuantificación de las víctimas de aquellos cinco meses en que España se llevó al suicidio rodeada de sonido y de furia. Aunque había habido intentos serios de hacer estos cálculos, éste es el más exhaustivo. Fueron 484 muertos y 1.659 heridos graves. Antes de llegar a este punto, del Rey y Álvarez Tardío aclaran, sobre las víctimas causadas y sufridas por Falange: las cifras no deben tomarse como incuestionables y definitivas, entre otras razones porque las fuentes a veces utilizan término "fascista" de forma muy genérica, escondiendo en algunos casos la condición de derechista más que la de falangista/fascista en términos precisos. Esto sucede a menudo con la prensa de la izquierda obrera, donde la utilización del genérico "fascista" solía imponerse a la atribución precisa del concepto. No ocurre lo mismo cuando queda clara la militancia en Falange de los protagonistas del hecho, en la mayoría de los casos. Aquí se ha procurado afinar al máximo, pero es obligado indicar que la seguridad no es completa. Partiendo de tales advertencias, entre el 17 de febrero y el 17 de julio de 1936, ambas fechas incluidas, se ha registrado un total de 148 víctimas falangistas, desglosadas en 65 muertos y 83 heridos. Por su parte, se han contado 144 víctimas ocasionadas por su pistolerismo, repartidas en 56 muertos y 88 heridos. Es decir, según esta contabilidad Falange sumó nueve víctimas mortales más que las que ocasionaron sus activistas, cinco heridos menos que los que produjeron, llegando casi a la paridad con sus adversarios en términos globales. ¿Qué indican estas cifras? Pues que aquí, evidentemente, disparaban otros actores además de los falangistas. Es más, estos no sólo se hallaron lejos de ocupar posiciones de exclusividad en la generación de la violencia armada, sino que en su particular duelo a lo largo del período analizado fueron rebasados por sus rivales izquierdistas durante varias semanas. Esto, añado yo, rebate el argumento, tan manido, de que los feroces fascistas fueron asesinos mientras los heroicos luchadores por la igualdad fueron meras víctimas.
En el apéndice se demuestra que el 78,7% de los episodios violentos fueron causados por izquierdistas frente al 21,3% de derechistas. En cambio, hubo 390 víctimas izquierdistas frente a 189 fascistas y 249 derechistas. Se precisa que esta elevada cifra de izquierdistas incluye también a los que cayeron a manos de la policía al reprimir sus ataques y atentados. Entre los agresores, hubo 749 izquierdistas y 431 derechistas. Esas son las cifras. Y a quien le escueza, que lea. Sobre todo este libro.
Finalmente quisiera destacar un capítulo vibrante que daría lugar a una estremecedora película que bien podrá titularse como el capítulo, Pontejos. En él se cuenta,. casi minuto a minuto, la estupidez del asesinato del teniente Castillo (instructor de milicias de izquierdas) y la monstruosidad del asesinato del jefe de la oposición monárquica, José Calvo Sotelo. Esa noche murió España.